Cayeron gotas de dolor

Hasta el cielo se vistió de luto y derramó sus lágrimas, primero, cuando el cáncer consumió a la mujer más influyente de la Argentina a sus cortos 33 años, y después, al detenerse el corazón de un presidente elegido tres veces por el voto popular.

Casualmente, durante el mismo mes pero en dos oportunidades distintas le tocó al país vestirse de negro. Dos oportunidades igualmente dolorosas y difíciles de asimilar. La primera, el 26 de julio de 1952, y la segunda, el primer día de ese mes 22 años más tarde. Las vidas de Eva Duarte y Juan Domingo Perón estuvieron plagadas de similitudes, incluso después de fallecer. Por otro lado, ambos decesos dividieron a la sociedad en dos bandos bien marcados: el que sufría sin consuelo la despedida de quienes consideraron ídolos y el que, aliviado, veía en esa desaparición una nueva chance de retomar el país y cambiar las cosas. Para desgracias del primer grupo, a sendos sucesos les siguió una crisis nacional insostenible, lo que ahondó más a herida de sus corazones.

El final de un largo padecer

“Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir. Se le habían disipado ya las atroces punzadas en el vientre y el cuerpo estaba de nuevo limpio, a solas consigo mismo, en una beatitud sin tiempo y sin lugar. Sólo la idea de la muerte no le dejaba de doler”, comienza diciendo Tomás Eloy Martínez en su famoso libro “Santa Evita”. ¿Se habría sentido así la esposa del Presidente aquel lluvioso 26 de julio de 1952? Una respuesta afirmativa no podría estar demasiado alejada de la realidad.

Ese cáncer de cuello de útero (tan maldecido por algunos y, a la vez, tan alabado por otros) que la aquejaba desde el año anterior puso en vilo a todo un país. No sólola Primera Damalo padecía. El sufrimiento era casi colectivo, especialmente entre sus “descamisados”, quienes paralizaban sus actividades en las fábricas para rezar por ella y hasta levantaban pequeños altares en su honor.

En las calles, una multitud despide los restos del General.

No hay una frase que describa mejor a ese nefasto 26 de julio que la publicada en una edición del diario Clarín al cumplirse 50 años de su fallecimiento: “Basta con decir que, el día en que Eva murió, lloró hasta Dios”. Y, al menos a juzgar por lo que cuentan los matutinos de aquella época, pudo haber sido exactamente así.

Para los peronistas, el mundo dejó de girar a las 20.25 de ese día, pero el derrumbe recién se sintió una hora y cuarto después cuando Radio del Estado y la Red Argentinade Radiodifusión difundieron la triste noticia: “Cumple la Secretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación con el penosísimo deber de informar al pueblo de la República que a las 20.25 ha muerto la señora Eva Perón, jefa espiritual de la Nación”. Por un lapso no determinado de tiempo, la frase no dejó de sonar en las cabezas de cada uno de los argentinos, de los que la querían y de los que no. Es que todos ellos eran conscientes de que a partir de aquel instante sus vidas iban a dejar de ser las mismas.

Mártir del trabajo

El Poder Ejecutivo declaró 48 horas de duelo nacional y un mes de luto oficial, suspendió las actividades oficiales, dispuso quela Bandera Argentinapermaneciera izada a media asta y que en todos los templos del país se eleven oraciones por el descanso de su alma.

Por su parte, el secretario general de la CGT, José Espejo, dispuso que los trabajadores de la Naciónse declararan en duelo durante treinta días y proclamó a Eva “Mártir del trabajo, única e imperecedera en el movimiento obrero de nuestra querida patria”. Con las pupilas inundados en lágrimas, Espejo manifestó: “Vivirá por siempre en el alma de los trabajadores y de los niños, de los ancianos, de los desamparados, de los dolientes que ella redimió,y cuyos ojos lloran y sus corazones sangran ante la ausencia eterna de la bien amada compañera Evita”.

Eterna

Eva no quería que la enterrasen y le pidió a su marido que su cuerpo sea embalsamado, como uno de sus últimos deseos. Por eso Perón no tardó en comunicarse con el doctor Pedro Ara, un prestigioso médico español, para que esa misma noche comenzara con su obra y preparase el cadáver para un largo velorio, tarea que lo mantuvo ocupado hasta las 5.00 del día siguiente. La mañana del 27 de julio sus restos fueron trasladados a la sede de Trabajo y Previsión, donde serían velados durante catorce días, y por donde desfilarían cientos de miles de personas para darle el último adiós.

Recién el 9 de agosto se movió el cuerpo hacia el Congreso Nacional para rendirle los honores correspondientes y al día siguiente se lo llevó al segundo piso dela CGT, donde el profesional concretaría la obra encargada por el Presidente dela República. Laprocesión que acompañó al féretro fue la más grande que se haya divisado en la historia argentina: dos millones de personas recorrieron las calles Rivadavia, Avenida de Mayo, Hipólito Irigoyen y Paseo Colón; adelante se movilizaban nueve patrulleros de la policía, diecisiete mil soldados al mando del General José Domingo Molina, 45 gremialistas, alumnos dela Ciudad Estudiantily enfermeras dela Fundación EvaPerón.

El ocaso de un ícono de la Patria

Sin Eva a su lado, los días de Juan domingo Perón se hicieron cada vez más y más difíciles de llevar. Las circunstancias fueron muchas y de lo más variadas: desde un golpe de estado que lo condenó a 18 años de exilio hasta un nuevo matrimonio con una mujer poco aceptada –esta vez- por el Pueblo. Los peronistas ortodoxos afirmaban que, durante sus últimos años de vida, Perón no era el mismo. Sin embargo, asumió su última presidencia (la tercera) con un récord de votos a favor. ¿Tal vez el error fue poner a su esposa como compañera de fórmula? ¿Por qué ocuparía ella ese lugar si la misma Eva nunca aceptó hacerlo? Los cuestionamientos de sus seguidores fueron interminables, pero aún así lo acompañaron hasta el último momento.

Roberto Vassie: soldado que lloró sin consuelo la muerte de Perón.

Que el Perón recién llegado de España era un dirigente desgastado era un comentario constante, pero lo que sí cobró mayor fuerza a fines de junio del 74 fue el rumor que hablaba de su deteriorada salud, y no era para menos. Durante los últimos años, el General había sufrido un infarto (en febrero de 1973) en medio de una intervención quirúrgica para extraerle los pólipos de la próstata; cuatro meses después, en Gaspar Campos, padeció un infarto antero lateral del ventrículo izquierdo; por último, una crisis cardiaca le afectó en noviembre de ese mismo año.

Un mes teñido de negro

El primer día de julio de 1974 inauguró el mes con una tristeza difícil de superar. Una intensa lluvia hizo de telón para comunicar la noticia: Perón había sufrido otro paro cardíaco y fallecido a las 13.15. Los encargados de informarlo fueron, primero, María Estela Martínez (más conocida como “Isabelita”) y, después, José López Rega. El anuncio fue un balde de agua fría para el 60 por ciento de la población que había depositado sus últimas esperanzas de tener un país mejor en él. La oposición, por su parte, revivía lentamente y comenzaba a especular con lo que podía pasar de ahí en adelante.

Al día siguiente, los matutinos se hicieron eco del suceso de diferentes maneras. La pluma de Rodolfo Walsh inmortalizó la portada de Noticias -el diario de los Montoneros- con un título sumamente expresivo, “Dolor”, al que acompañó con esta bajada: “El General Perón, figura central de la política argentina de los últimos treinta años, murió ayer a las 13,15 horas. En la conciencia de millones de hombres y mujeres, la noticia tardará en volverse tolerable. Más allá de la lucha política que lo envolvió, la Argentina llora a un líder excepcional”.

El diario Crónica, por su parte, cubrió su página número uno con una sola palabra: “MURIÓ”. La única primera plana incompatible con las demás fue la de La Nación, que tituló a secas: “Juan D. Perón dejó de existir ayer; asumió la vicepresidenta”. Sin embargo, hasta su enemigo más fuerte en aquel entonces quiso darle su último adiós, y lo hizo con altura y respeto. “Este viejo adversario, despide a un amigo”, fueron las sinceras palabras del radical Ricardo Balbín durante el funeral.

Los restos del General fueron velados durante varios días en el Congreso de la Nación. Millonesde personas se acercaron al féretro para despedir a un líder inolvidable. Luego el cuerpo fue trasladado a una cripta en la Quinta Presidencialde Olivos, donde Isabel ordenó construir el Altar de la Patria, que consistía en un gigantesco mausoleo destinado a albergar los restos de Juan Perón, Eva y los demás próceres del país. Pero el proyecto nunca se concretó, ya que la nueva Presidenta fue derrocada al poco tiempo de asumir su mandato y, consecuentemente, se suspendieron las obras.

La oscuridad al final del túnel

Los destinos de Perón y Eva parecen haber sido trazados con la misma tinta, hasta en los aspectos más morbosos. Ambos salieron rápidamente del anonimato para convertirse en protagonistas de la vida política del país, trabajaron incansablemente para acabar con la opresión de los humildes, al morir ocasionaron un profundo dolor en un sector y un odio inadmisible en otro, sentimiento que lo llevó a apoderarse ilegalmente de sus cuerpos y someterlos a las más impensadas humillaciones.

Desde 1976, la tumba de Evita se halla en el Cementerio de la Recoleta.

En ambas oportunidades, los cadáveres fueron ultrajados impunemente. En el caso de ella, la orden del robo fue emitida por el general Pedro Eugenio Aramburu, que acababa de derrocar a Perón y ocupar su lugar en el poder. En el de él, su féretro fue profanado en 1987, ocasión en la que unos desconocidos ingresaron a la bóveda y le cortaron ambas manos (nunca volvieron a aparecer). La oscuridad de los hechos que rodearon al cuerpo embalsamado de Eva, provocó el nacimiento de incontables mitos que se oían en todos los rincones de la Argentina, pero sólo unos pocos fueron comprobados. La necrofilia fue el centro de los comentarios, se habló de enamoramiento que el doctor Ara y el teniente coronel Carlos Morí Koenig (director del operativo) tenían para con la difunta, sentimiento que los llevó al borde de la locura. También se dijo que ambos solían acariciar sexualmente al cadáver cuando quedaban a solas.

“A fines de los sesenta, el misterio del cuerpo perdido era la idea fija en la Argentina. Mientras no apareciera, toda especulación parecía legítima: que lo habían arrastrado sobre el asfalto de la ruta 3 hasta despellejarlo; que lo habían sumergido en un bloque de cemento; que lo habían arrojado en las soledades del Atlántico; que había sido cremado, disuelto en ácido, enterrado en los salitrales de la pampa”, detalla el autor tucumano en otro capitulo de su obra “Santa Evita”.

Lo cierto es que durante años y años no dejó de moverse al féretro de un lado a otro y hasta lo hicieron cruzar el océano bajo el  nombre de María Maggi de Magistris, tal como fue enterrado en la tumba 41 del campo 86 del Cementerio Mayor de Milán.

La desesperación del sector guerrillero del peronismo, los Montoneros, por recuperar el cuerpo de Eva fue tal que desencadenó en el secuestro y posterior asesinato del general Aramburu, en 1969, a quien llevaban tiempo exigiéndole la devolución. “Si Evita viviera sería montonera”, solían cantar. Finalmente, el ataúd fue entregado al viudo en 1971 cuando éste vivía en Madrid junto a su nueva esposa, pero hasta entonces a Eva ya le faltaba un dedo. El cadáver recién pudo regresar a la Argentina una vez muerto Perón, en 1976, y fue la familia Duarte quien se encargó de darle el retrasado descanso eterno en la bóveda que posee en el Cementerio dela Recoleta en Buenos Aires, donde hasta hoy permanece.

En cuanto a los restos de Juan Domingo Perón, yacieron en el Cementerio dela Chacarita hasta el 17 de octubre de 2006 cuando fueron trasladados a la quinta de San Vicente, transformada ahora en un museo en su honor.

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