Lola Mora: La rebelde del mármol

En una época donde las mujeres no eran protagonistas de la escena pública y artística, con audacia y una voluntad indomable,  esta tucumana se convirtió en la primera y más célebre escultora argentina.

De familia adinerada, jamás vivió como se suponía que debía vivir un artista a principios del siglo XX. En Argentina, así como durante su paso por Europa, se codeó con la nobleza y la dirigencia política. Se destacó por tener una personalidad singular para las convenciones de la época. Por eso, y a base de mucho sacrificio, con sus obras tocó muchas veces el cielo con las manos. Sin embargo, los últimos años de su vida la encontraron muy enferma y sepultada en el olvido.

El lugar donde sucedió el nacimiento de Dolores Mora de la Vega creó una disputa entre las provincias de Tucumán y Salta, aunque la mayoría de las investigaciones y biografías apuntan a la primera. Su familia residía en la villa tucumana de Trancas en una casa de estilo colonial, típica de la época pero de mejor apariencia que las demás. Algunas versiones indican que Lola nació a pocos kilómetros de allí, en una estancia que sus padres, Romualdo A. Mora y Regina de la Vega – prósperos estancieros de  la zona -, tenían en La Candelaria, territorio que al separarse la intendencia de Salta de la provincia de Tucumán, quedó dentro de los límites de la primera. Este hecho motivó a que los salteños la consideraran su comprovinciana. En tanto, Pablo Solá, sobrino bisnieto e historiador de la escultora, dijo al diario El Siglo (2007) que “lo cierto es que sus padres tenían estancias en Salta, pero nada más. Lola Mora nació, al igual que sus hermanos, en Trancas, de eso no hay dudas”.

A pesar de tantos suposiciones, existe un único documento: el libro XI de bautismos de la capilla tucumana de Trancas, que dice textualmente: “En esta parroquia de S. Joaquín de las Trancas, el día 22 de junio del año del Señor de mil ochocientos sesenta y siete, yo el Cura int. de este beneficio puse óleo y crisma a Dolores de edad de dos meses, hija legitima de Dn. Romualdo Mora y de Da. Regina Vega, fue bautizada por Dn. Ramón Cañabere sujeto aprobado y pa. q. conste lo firmo, José D. Torres.”

Algunos señalan que, al momento de ser bautizada, Lola tenía exactamente dos meses y diez días de edad, por lo que habría nacido el 12 de abril de 1867 en Tucumán.  Por otro lado, los que hablan de que nació en la provincia de Salta, afirman que la fecha fue el 17 de noviembre de 1866.

La estudiante

En su infancia, la pequeña Dolores dibujaba y pintaba los campos y atardeceres de su pueblo. Cuando ella y sus hermanos (Paula, Regina, Romualdo, José, Alejandro y Angélica) se hicieron mayores, la familia se mudó a San Miguel de Tucumán. Allí comenzó sus estudios en el Colegio del Huerto, donde consiguió altas calificaciones en el boletín. Mostró mayor  inclinación hacia la música, los idiomas y principalmente las artes, dedicándose al estudio del dibujo y la pintura.

Cumplidos los 20, recibió la noticia de que había llegado a Tucumán un prestigioso pintor italiano. Se trataba de Santiago Falcucci, quien durante años le dio a Lola clases particulares. En 1891, la muerte de sus padres – ella de neumonía y, dos días después, él de un infarto – puso un paréntesis en sus estudios, abandono que parecía definitivo ante los problemas económicos en su hogar. Sin embargo, Falcucci le abrió gratuitamente su taller y la ayudó en su vida personal.

Un año después, con motivo del centenario del descubrimiento de América (1492), las Damas de Beneficencia organizaron  una “kermesse”. Uno de los atractivos fue una exposición de alumnos de Falcucci. “Todos los trabajos fueron aceptados menos el de Lola Mora, que era el mejor”, se quejó más tarde el maestro italiano. Habría sido rechazado porque su apellido no armonizaba con los de las demás mujeres que exponían. Esta situación abrió los ojos de Lola. Como dicen Carlos Páez de la Torre y Celia Terán en su libro “Lola Mora, una biografía”, “su espíritu práctico le indicó que debía ponerse del lado de quienes manejaban la cosa pública, en un país donde junto a ellos residía la única posibilidad de triunfar”. Por esto, puede decirse que Lola advirtió que debía hacer retratos de la dirigencia política y social. Vislumbrando que esto la llevaría por el buen camino, decidió presentar una colección de veinticinco retratos de gobernadores tucumanos durante la exposición que organizó la Sociedad de Beneficencia en 1894. El éxito de la muestra motivó el aplauso general del público e inmediatamente el Gobierno de la provincia se la compró por 5.000 pesos.

Con ese dinero, Dolores viajó a Buenos Aires. Se había enterado que el Congreso de la Nación premiaba a los alumnos más destacados en arte. Se inscribió y ganó una beca por dos años para estudiar pintura en Roma. Muchos sostienen – sin desprestigiar su enorme talento – que el hecho de haber conseguido esa beca estaba relacionado con que Lola era nieta y ahijada de Nicolás Avellaneda y protegida del presidente Julio A. Roca, con quien después se diría que mantuvo un romance. Esto no hizo más que convencer a Lola de que ese era el rumbo que debía seguir. Por eso no perdió tiempo tratando de derribar los muros que le oponía la sociedad de su tiempo y decidió vivir refinadamente y ligarse a la gente de más alta posición en Argentina, como así también lo haría después en Europa.

Al poco tiempo de su llegada a Italia, Lola se convirtió en la primera alumna del reconocido pintor italiano Francesco Paolo Michetti. Más tarde, él le sugirió que comenzara a tomar clases de escultura. Quería que intentara moldear un busto, para mejorar así la pintura de retratos. Ella estuvo de acuerdo con la recomendación de Michetti y, al acercarse a la escultura a través de las clases de Constantino Barbella, descubrió cuál era verdaderamente su vocación, abandonando para siempre los pinceles. “No es desacertado creer que esa decisión pudo haber sido precedida también por consideraciones prácticas. Quien moldeaba esos mármoles cobraba por su trabajo una retribución harto superior a la que podía obtener un pintor por el suyo, con el agregado de una resonancia pública infinitamente más extendida y perdurable”, expresan Páez de la Torre y Terán.  En esa época era sabido que las obras que se encargaban se resolvían en la nobleza, y en su decisión pudo haber pesado el hecho de que eran hombres de ese ámbito los que ella conocía.

Con Barbella aprendió a trabajar el bronce y las miniaturas. Después fue alumna del, por ese entonces, más célebre escultor italiano, el profesor Giulio Monteverde. Lola Mora comenzó realizando retratos pero, sin dudas, los mejores soportes para expresar su talento eran el mármol y el granito. Sus obras eran confiadas por la aristocracia europea, pero no eran valoradas en la sociedad argentina, no muy acostumbrada a ver damas independientes que se desenvuelvan en un ambiente masculino.

En la cima de la fama

A poco de empezar a trabajar, Lola Mora ya había ganado mucho dinero. Construyó su casa y taller – diseñados y dibujados por ella misma – en un barrio de la clase alta romana. Su jardín se hizo famoso ya que Lola cultivaba allí unas exóticas rosas negras de las que hablaba toda la sociedad.

En su vida no había más que laureles. Los diarios de Europa la elogiaban, se vestía elegantemente, paseaba en carruajes, daba grandes fiestas en su casa y tenía amigos famosos. Uno de ellos fue el poeta Gabriel D’Annunzio, quien la bautizó “la argentinita de los cabellos peinados por el viento”. Él la invitó al célebre Caffé Greco, donde se reunían artistas, intelectuales y bohemios. Lola no sólo sabía pintar y esculpir, también tocaba el piano y el hermano del Embajador argentino, Hilarión Moreno, le escribió un vals dedicado a ella, que llamó Rome Nouvelle.

Tres premios mundiales en Francia, Australia y Rusia, y los constantes elogios de la prensa del Viejo Mundo, hicieron que su nombre empezara a resonar en la Argentina. Esto provocó que en 1900 el gobierno le encargara los dos bajos relieves que ahora engalanan el patio de la Casa de Tucumán. De inmediato, Lola viajó  Buenos Aires y le ofreció al intendente porteño Adolfo Bullrich una fuente para la ciudad. Aceptada la propuesta, la escultora regresó a Roma y empezó a esculpir lo que con el correr del tiempo sería su obra más famosa: La Fuente las Nereidas. Transcurridos dos años, el puerto rioplatense recibió con sorpresa la monumental escultura. Quizás porque las autoridades de turno nunca imaginaron que una mujer de aspecto tan frágil fuera capaz de concebir semejante obra, ni mucho menos, que pudiera tallar un material tan rígido como el mármol.

Cuando se abrieron las 28 cajas que contenían las piezas de la fuente, enseguida surgió la polémica. La obra se iba a ubicar en Plaza de Mayo, pero el conservadurismo de la época creyó no conveniente ubicar algo tan sensual frente a la catedral. La escultura simboliza el nacimiento de Venus –diosa de la belleza y lo femenino en la mitología romana- surgiendo de una valva marina junto a un sequito de nereidas o sirenas. Así fue que se descartó su instalación en Plaza de Mayo y, tras nueve meses de debate sobre su destino, el 21 de mayo de 1903 fue emplazada en el Paseo 9 de julio, actual avenida Leandro N. Alem y Presidente Perón. Por último, la presión de las ligas moralistas obligó a que en 1918 se la trasladara a la Costanera Sur, donde permanece hasta estos días. Fue la primera obra escultórica hecha por una mujer que se inauguró en la Argentina.

Lola tenía  la destreza de crear misterios y originar supuestos con el fin de aumentar el interés que despertaba su persona, en una sociedad nada acostumbrada a mujeres como ella. Además, era atractivo conversar con la artista tucumana sobre temas que un hombre de las altas esferas argentinas de comienzos de siglo no podía tocar con las damas de su condición. “Cultivó un cerrado individualismo, que la alejaba del contacto con colegas y críticos. Jamás se presentó a los salones de Buenos Aires, ni formó parte de grupos artísticos. Era una tácita declaración de que no necesitaba nada de eso”, comentan los escritores Páez de la Torre y Terán.

A partir de ahí, y aunque recibió numerosas ofertas para trabajar en Europa, Dolores decidió quedarse en su país. Enseguida empezaron a encomendarle las primeras esculturas. El gobierno tucumano, en 1904, con el Monumento de Alberdi y la estatua de la Libertad, ubicada en el centro de la Plaza Independencia. Entre otras obras de relevancia, elaboró el conjunto de estatuas llamado La Paz, La Justicia, La Libertad, El Progreso, planteadas para el edificio del Congreso Nacional y después ubicadas en la ciudad de San Salvador de Jujuy; o el grupo de esculturas realizado para el Monumento Nacional a la Bandera en Rosario, proyecto ganado por ella y luego abandonado.

Amor, muerte y olvido

El 22 de junio de 1909, se casó con Luis Hernández Otero. “Lola Mora era una mujer coqueta que ocultaba su edad, era un secreto. Cuando se casó se quitó diez años ya que tenía 42, pero en los papeles figuraba 32. Seguro lo hizo porque su marido tenía 15 años menos”, dijo su sobrino bisnieto y biógrafo, Pablo Solá. Esto avivó las habladurías y el escándalo, por lo que regresó con su esposo a Italia.

Años después, la Primera Guerra Mundial frenó los viajes y tareas de Lola Mora en su taller romano. En Argentina, el poder político conservador se eclipsó al llegar la clase media al gobierno en 1916, a través del voto universal, secreto y obligatorio que proclamó presidente a Hipólito Irigoyen. Esto, sumado a  la ruptura de su matrimonio en 1917, hizo que volviera a su país para encaminarse hacia otros proyectos. Tenía una enorme fortuna, propia y heredada de su familia, pero creyó que la escultura había terminado para ella. Se lanzó a las industrias del cine, la urbanización, la explotación de minerales y la búsqueda de petróleo, pero en cada una no hizo más que, quizás por primera vez, degustar el fracaso.

Perdió toda su fortuna y cayó en las garras de la enfermedad. En 1934, volvió a Buenos Aires para vivir en una casa que sus sobrinas tenían la avenida Santa Fe 3026. Al año siguiente, el Congreso Nacional le otorgó una pensión de trescientos pesos, pero Lola nunca la cobró. Luego de tres días de permanecer inconsciente, falleció el 7 de junio de 1936 víctima de un accidente cerebro-vascular. Al regresar del cementerio de la Chacarita, donde fue enterrada, el periodista José Armagno Cosentino pasó por la casa de la escultora a saludar a su familia. Al llegar, vio una fogata en el fondo. Las dueñas de casa habían quemado  los papeles que Dolores  había guardado a lo largo de su vida, cartas recibidas, quizá fragmentos de un diario íntimo. Por eso resulta tan difícil lograr evitar ciertas confusiones sobre su paso por el mundo.

Tras su muerte la repercusión periodística no se hizo esperar. La Gaceta de Tucumán cubría tres páginas bajo el título “Se apagó el sol del jardín de la república: Lola Mora”. Y entre otras cosas decía: “su nombre es un símbolo, y al desaparecer de la vida, ese nombre debe cobijar todo esfuerzo que iba enderezado al realzamiento de la posición de la mujer en los dominios de la inteligencia, del estudio y de la creación artística”. El vespertino Critica escribió: “ella, que conoció en plena juventud la dulce embriaguez de la gloria, que fue mimada en París, en Roma, en España, vivió los últimos diez años olvidada de todos, sumida a la oscuridad espantosa de la incomprensión”.

Momentos de gloria fueron aquellos años en que la menuda y frágil escultora tucumana maduró hasta convertirse en la artista oficial de la Argentina, mimada por figuras ilustres, y complacida en Europa por reyes, nobles e intelectuales. Es imposible dudar de la rebeldía de su fuerza para quebrar los moldes de una sociedad colmada de prejuicios machistas y morales. Conoció el mármol  y le quedó bastante claro que quería llegar a ser una gran escultora. Valentía y sacrificio, eso fue y es Lola Mora.

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